Efectos de la hipoxia en el cuerpo. Cuidados en la alta montaña.

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A mayor altura, hay un menor porcentaje de oxígeno disponible para nuestros tejidos orgánicos. El cuerpo, naturalmente, se resiente. Toda persona dedicada a los deportes outdoor debería saber leer los cambios fisiológicos que produce la hipoxia. Su identificación puede salvar vidas.

EL JADEO

A cierta altitud (puede que para algunos, sea superando los 2.500 msnm; para otros, ya a los 3.000 ó incluso los 4.000 msnm), comenzamos a jadear, aún cuando no nos parezca que la actividad luzca tan “cansadora”: es lo que me pasó al llegar a la cima del cerro Leonera (4.954 msnm). Mi respiración iba agitada, aún cuando mi actividad se reducía a tan sólo caminar (no estaba, pues, ni brincando ni trotando). Una simple caminata simple y monótona, sin dificultades técnicas o arranques de potencia, pero a casi 5.000 msnm, fue suficiente para que mi cuerpo reaccionara de tal modo que fuera posible absorber el poco oxígeno disponible, aumentando la frecuencia respiratoria. Sí, me puse a jadear como si hubiera corrido una media maratón a orillas de la playa. 2

LA ACLIMATACIÓN 

El proceso que necesitamos para adaptarnos al cambio de una situación lo denominamos “aclimatación”: tratamos de asimilarnos al nuevo paisaje, acostumbrarnos a la baja del oxígeno y su presión, en una lucha por la supervivencia. Pero esto toma tiempo. Y no es un tiempo cronológico, uno que uno pudiera medir con un reloj y decir, de manera estándar, que “la aclimatación toma tantas y tantas horas”. No hay una receta única. El proceso de adaptación depende de cada cual, de las condiciones personalísimas del montañista, por lo que cada uno tiene que descubrir cuál es “su tiempo”. El motivo principal por el cual la gente sufre con la altura es la falta de un proceso de adaptación: cuando uno se precipita y sube demasiado deprisa, aparecen los síntomas de un cuerpo desajustado. La principal clave para prevenir el mal de altura es ir subiendo de a poco y lentamente, ojalá con noches por sobre los 3.500 mnsm. Es durmiendo donde uno se prueba realmente, porque-como detallaremos en el apartado siguiente- esto se volverá difícil. Pasados los días a gran altitud, el cuerpo hará el esfuerzo por aumentar la cantidad de glóbulos rojos, que son los que transportan el oxígeno por los torrentes sanguíneos. Al haber una mayor capacidad de transporte, más oxígeno llegará a las células para su funcionamiento.

ALGUNOS SÍNTOMAS

A mayor altura, suele ocurrir que aumenta el ritmo respiratorio (como ya dijimos) al mismo tiempo que disminuye el volumen de CO2 disuelto en la sangre (que se exhala al respirar). A su vez, el cuerpo suele producir una mayor cantidad de orina, eliminando más líquido (lo que se conoce como “diuresis”). En consecuencia, la sangre se vuelve más espesa. También se añade la deshidratación por el ejercicio mismo y la transpiración.

La mayoría de los montañistas padecen trastornos del sueño e insomnio a gran altura. Es decir, no logran dormir de manera profunda y su sueño sufre interrupciones; el descanso es intermitente, lo que también se vuelve desgastante. No es inusual, pues, despertar abruptamente con una respiración irregular y/o una sensación de “ahogo”: sucede que durante el sueño, la frecuencia respiratoria disminuye y el cuerpo acusa recibo de aquel “bajón”, reaccionando en ocasiones de manera violenta (hiperventilando, por ejemplo).

Es típico, también, el dolor de cabeza (cefalea) y la sensación de “vértigo” cuando nos levantamos demasiado rápido. Entonces sentimos que nuestro cuerpo pierde el equilibrio y se tambalea. Dentro de los síntomas más comunes del “mal de altura” (MAM), hallamos también la pérdida de apetito, la sensación de debilidad (como cuando uno está resfriado o se siente agripado) y, ya en casos más avanzados, náuseas y vómitos. También disminuyen algo las funciones cognitivas y razonamos “más lento”; nos cuesta mantener la atención. Por otro lado, nos sentimos cansados y somnolientos.

Ya de otro nivel de gravedad son los edemas (pulmonares y cerebrales), potencialmente mortales. Estas patologías se desencadenan rápidamente y requieren de una respuesta médica urgente. En cuanto al primer caso, lo que parte como una tos (producto de la irritación de los bronquios debido a la sequedad del aire) puede terminar en un compromiso de la función respiratoria. En estos casos, dado el aumento de líquido en los pulmones, puede que incluso se perciba un sonido crepitante en la caja torácica del enfermo. A la larga, debido a la barrera líquida, el organismo no podrá transferir el oxígeno a la circulación arterial y la persona puede terminar “ahogándose”. En cuanto al segundo caso, al edema cerebral, aquí también ocurre un desplazamiento anómalo de los fluidos corporales, provocándose una inflamación al interior del cráneo. Los primeros síntomas son la ataxia (pérdida de coordinación), dolor de cabeza intenso, falta de energía, vómitos violentos, confusión mental, problemas neurológicos y la pérdida del control muscular.

ALGUNAS MEDIDAS

Como hemos dicho, lo primero es contar con una adecuada aclimatación y un ascenso lento y progresivo. Tampoco hay que olvidar beber mucha agua. La hidratación constante puede ayudar en este contexto de una sangre más espesa. Por otro lado, así como en altura dejamos de tener ganas de comer, es necesario tomar conciencia al respecto y obligarse a ingerir las raciones de marcha. La falta de energía es algo que queremos evitar a toda costa.

Según algunos estudios, si al montañista le cuesta dormir por las noches, no conviene que tome somníferos (“pastillas para dormir” o relajantes de algún tipo), ya que pueden agravar el trastorno del sueño a gran altura y debilitar aún más la respiración. Pero sí puede que sirva una dosis pequeña de acetazolamida (in situ o unos días previos a la excursión), asunto que debe consultar con su médico antes de realizar la excursión, en todo caso.

Dado el dolor de cabeza y la sensación se vértigo, sugerimos realizar movimientos lentos, al menos hasta que el cuerpo se acostumbre. Es decir, evite levantarse de golpe cada vez que salga de la carpa y no se agache tan bruscamente al atarse el zapato. Por otro lado, dado que a gran altura “pensamos peor”, sugerimos trazar los planes antes de la excursión o, a lo sumo, en el campamento base. Las improvisaciones, cuando nos acosa el mal de altura, son peligrosas. También hay que tener ojo con la somnolencia: por muy agotado que se sienta, no se eche a dormir en cualquier parte. Puede que, cuando despierte, todo esté cubierto de nubes a su alrededor y se desoriente; puede que lo carcoma el frío o que ya sea de noche. Nunca pierda el control.

Como es sabido, a grandes alturas algunos montañistas llevan oxígeno embotellado y/o cámaras hiperváricas portátiles. Pero, sea cual sea el síntoma (nauseas, vómito y dolor de cabeza intensos, o ya el desarrollo de un edema pulmonar o cerebral), el mejor tratamiento es bajar y siempre bajar, es decir, perder altura de inmediato. Descender unos 1.000 metros puede ya salvar una vida.

Tampoco lleve niños a gran altitud. Ellos no se logran aclimatar como un adulto y, por lo tanto, sólo sufrirán por sobre los 2.800 msnm.1

Francisca Hernández

Francisca Hernández

Cursando la fase final del programa de Doctorado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Casada y madre de 2 hijos pequeños. Deportista desde muy joven, se ha dedicado en los últimos años al running, trail, trekking y montañismo, aventuras que disfruta con sus amigos y su familia.
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