El mundo de los que se atreven: Ascensión en solitario del Cerro Provincia

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No soy una persona que anda en busca del peligro innecesario, pero sí de la aventura y eso, algunas veces, se puede confundir. A veces pasan cosas que nosotros no podemos controlar, por ejemplo que se caiga la ida a la montaña cuando vas en el bus al destino determinado como lugar de encuentro. Eso es lo que me pasó y lo que encadenó que horas más tarde no estuviera subiendo el Leoneras con una cordada, sino que simplemente fuera al Cerro Provincia con mi mochila y mis pies.

Creo que uno no puede andar tomando decisiones así tan repentinas sin antes haber estudiado las condiciones de la ruta, por lo que seguí con la planificación inicial del viaje, alojar en la casa de una muy buena amiga en Santiago.

Saliendo de la zona de confort

Uuuuff qué difícil, salir de ese cómodo lugar, calientito, con comida rica, distendidos en una tarde de verano… ¿Por qué nos gusta ir a matarnos de frío y poner toda nuestra fuerza y todos nuestros límites un poco más lejos? Me lo pregunté cientos de veces cuando esa noche, con mi colchón, mi saco y mi mochila de almohada, miraba las lejanas y titilantes luces de Santiago. Una ciudad entera, despierta y en todo su auge a las 9 de la noche, cuando yo apenas podía mantenerme despierta para escribir unas cuantas líneas en mi libreta. El cansancio era total.

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La reflexión en solitario

Pensé en mi familia y en todo lo bueno que me estaba entregando la vida: la energía, las experiencias y la aventura. Ir a la montaña puede llegar a ser total y absolutamente sanador. Te encuentras contigo ahí de pronto y de frente, solo tú con miedos y virtudes, con sueños y con obstáculos que en realidad se pueden superar… en fin, todas esas cosas que uno piensa cuando vas a dormir en un filo rocoso a más de 2.500 msnm., después de haber caminado unas 7 horas con peso y con tu pura motivación a cuestas. A lo Nico Massú: “¡Nada es imposible, ni una wea!”. Dormí pronto para continuar con la aventura el próximo día. Callé mi mente, calmé mis miedos y olvidando la inclinación de la roca y lo sola que estaba en ese lejano punto, me fui lejos fuera de este planeta.

La travesía

Como les conté al principio, por cosas del destino ese día partí a Santiago en la tarde para dormir donde una amiga. Al día siguiente, pese a haber estudiado las posibilidades que tenía para arrancarme en solitario, aún no sabía bien qué hacer. No quería hacer algo descabellado o arriesgar mi vida sin necesidad, así que luego de desayunar con la calma e ir a escalar a un muro cercano, decidí ir a realizar la travesía integral de la Sierra de Ramón, la cual comienza en el puente Ñilhue y termina en el sector de las Vizcachas, en el Cajón del Maipo. ¿Desafiante? Sí. ¿Ambicioso? Quizás demasiado. A las 4 de la tarde ya estaba en la entrada del parque, lista y dispuesta para empezar a caminar por la Reserva, había sido un día bastante caluroso pero me beneficiaba haber partido bastante tarde. Por otra parte, ya había avisado a algunos amigos, y casi de manera protocolar a Socorro Andino. Además, había informado al chico de la entrada cuáles eran mis metas y cuánto tiempo calculaba que duraría mi travesía.

Caminé, caminé y seguí caminando hasta que la sequedad de mi garganta fue tal que tuve que detenerme a beber un poco. Luego la luz comenzó a irse… saqué mi frontal para esperar atenta a la oscuridad absoluta, un grupo de adultos se acercaba a mí algo preocupados mientras bajaban y veían a una chica caminando sola con su mochila. Me preguntaron si tenía experiencia caminando en el cerro: sí; acampando en el cerro, sí; sola?????…

De repente estaba cerca de la cumbre, lo sentía, lo veía en los carteles que aparecían. La linterna frontal me mostraba lo que venía a continuación: desescalada, oscuridad, precipicios… encontré una roca plana con una leve inclinación, era lo mejor que veía para el vivac que esa agradable noche de primavera me ofrecía. Me saqué la pesada mochila, puse la colchoneta, saqué mi saco de dormir, me senté y ahí me quedé. Pensativa y expectante de las desiciones que tenía que tomar. Si bien estaba agotada físicamente por las horas que llevaba caminando, sabía que al otro día despertaría recuperada. Lo pensé mucho, analicé el agua que me quedaba, vi las condiciones, recordé el mensaje de “pasadas expuestas” que se venían más adelante y me quedé dormida pensando que al día siguiente tomaría una decisión. Puse la alarma a las 6 de la mañana y dormí.

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Cumbre y regreso

A la mañana siguiente y luego de una hermosa avena al amanecer, salí liviana hacia la cumbre. Había tomado la decisión de llegar a la cumbre y luego volver por la travesía completa, ojalá acompañada y con más agua. Llegué a la cima luego de unos 20′ caminando. ¡Estaba al lado! Saqué fotos, tome aire, disfruté el lugar y volví a buscar mi mochila. Caminé unas tres horas de vuelta y llegué de nuevo a la portería.
Feliz por lo que había hecho, renovada y agradecida de haber tomado una decisión correcta y que me hacía sentir bien. Sin duda una experiencia para nunca olvidar y con un recordatorio que está presente en mi cabeza: el mundo es de los que se atreven.

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Cerro Provincia

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Paula Fernández

Paula Fernández

Viajera, periodista, amante de la vida, la naturaleza, el deporte, la escalada y trato de permanecer en constante movimiento y aprendizaje.
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