La lección de Mancilla: Al fondo de todo lo malo, se esconden los mejores momentos del viaje

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Me presento de la manera que creo que es más práctico para lo que leerán ahora: soy un cabro de 21 años que raya con el aire libre, sobre todo el sur, y la tranquilidad y respiro que me da. Paso mi tiempo libre viendo documentales outdoors y leyendo crónicas como ésta, culpables de tentar mi mente distraída y llevándome a ríos, acantilados y montañas en vez de los cuadernos. Y aun así, no logro llegar a materializar un décimo de los paseos que me vienen a la mente. Las razones son diversas: falta de partner, auto, equipo o preparación, cosas que siempre me frenan. Me falta especialmente ese impulso inicial clave para cualquier paseo, que ustedes entenderán es el más importante cuando uno no es novato y se llena de dudas: el lanzarse sin tener nada seguro, si va a dar la plata, si va a existir la forma cómo ir del punto A al B, si tengo el equipo adecuado o, la peor de todas, si me voy a poder lo que se viene. En este sentido, el viaje fue la tormenta perfecta. Fuimos sin auto, mi equipo dejó qué desear. Había situaciones en que no me manejaba. No había nada seguro, no dio la plata, momentos donde no había como ir del punto A al B en días. Eso sí, lo que no falló fue tener buenos partners y lo más importante… me la pude, sin ningún problema.

Santiago, a pocos días del año nuevo. Mi primo Matias me manda un mensaje de que se iba a un viaje por un mes a la Patagonia, desde Punta Arenas hasta Coyhaique, con Pablo, un amigo suyo que alguna vez habría conocido. El formato sería a dedo, y el itinerario no era más que los lugares infaltables a los que ir. El mensaje invitaba justamente a lanzarme y confiar de que, sin tener seguridad de muchas cosas, todo iba a salir bien. Quedaban pocos días para que partiera. Pensándomela bastante, me compré el pasaje, ya que no aguantaba otro año de paseos fallidos viendo a través de una pantalla todo lo que la naturaleza tenía. No me pude más la necesidad de verlo en primera persona. Partimos entonces el 31 de diciembre rumbo a Punta Arenas, y si bien estaba nervioso, la emoción pateaba el nerviosismo. La ventana del avión me llevó a pensar en lugares que supuse no vería jamás o tendría que esperar muchos viajes para ir conociéndolos todos. Así, el checklist se iría completando en apenas unos días. Esa noche pasé año nuevo al fin del mundo, donde todavía brillaba el sol cuando dieron las 12, y sabía que empezaba un nuevo año distinto.

Mejor 1-1-2017. Un buen primer día para lo que sería mi primera gran aventura, habiendo hecho antes paseos como Cochamó y lugares más cercanos y de menor logística. Partimos el primer día del año bajando más latitudes  para buscar el Faro San Isidro, el más austral del continente, y con eso una prueba de cómo serían los días que vendrían. El primero que nos llevó a dedo fue Mauricio, un local que andando en un mini cooper antiguo recogió a los que las camionetas no llevaban (consideremos que uno de los mochileros que llevó mide 1,99 mts.). Esa vuelta fue testigo de las primeras fallas de la que hablaba, pues una parca que prometía mucho tuvo problemas con el cierre y hubo que rajarla, siendo ya el día 1 al que la mala suerte le tendría más cariño, como suele ser en verdad generalmente. En el “itinerario” teníamos lugares como Calafate, El Chaltén, Villa O’Higgins, Tortel, Cochrane, Puerto Tranquilo, Cerro Castillo y Coyhaique, pero terminamos viendo que el itinerario sería bastante inútil y que los lugares que más nos dejaron locos eran los que menos esperábamos. Habiendo conocido Punta Arenas y el faro, seguimos al día siguiente hacia Puerto Natales, más como lugar de paso que para conocer, ya que quedaba mucho por delante.

sur1-1A la salida de Punta Arenas tuvimos nuestras primeras grandes decepciones a dedo. Ese día la meta era el Chaltén, y no recorrimos ni la mitad. En medio de la pampa argentina, terminamos llegando a un poblado llamado La Esperanza a dormir al lado de una bomba de bencina gracias a uno de los tantos camioneros salvavidas. Busquen “La Esperanza” en el mapa. Por favor búsquenlo, para que nos entiendan. Al otro día fuimos llegando uno por uno al Chaltén. Llegué primero, gracias a unos escaladores transandinos que me apretaron entre sus cuerdas en la maleta. Apretado y doblándome como no sabía que podía, pude ir viendo cómo el macizo se acercaba, un momento épico dentro de lo que fue el viaje. Los que han tenido la experiencia de llagar ahí me entenderán. Tuve la suerte de estar echado en la plaza mientras los demás llegaban, escuchando música, leyendo y escribiendo. Pensando en donde estaba, que hace un par de semanas ni me imaginaba donde estaría, y como en unos meses, cuando mi vida vuelva a ser la rutina, ése sería el lugar donde me perdería pensando.

sur1-3El Chaltén se pasó. Sin dudas lo que más esperaba conocer, ese macizo histórico que tantas veces había visto en la pantalla, lo tenía al frente, me podía fijar en cada detalle, verlo, sentirlo y escucharlo, sensaciones que no transmite ningún canal. Estando ahí conocimos el parque, con todas sus caras, calor, frio, lluvia y viento. Después de un par de días de disfrutar seguimos el rumbo y emprendimos camino hacia la Laguna del Desierto, para llegar al cruce fronterizo que llega a Candelario Mancilla. Éste lugar es histórico por haber sido testigo de enfrentamientos entre carabineros chilenos y gendarmes argentinos, y si bien fue un cruce durísimo, largo y de mal tiempo, nada me iba a quitar la felicidad de volver a mi chilito, que me di cuenta ya venía echando de menos hace un rato. Acá es donde mucho sale muy mal, pero a la vez y por lo mismo todo sale tremendamente bien. El barco que nos llevaría a Villa O´Higgins se había ido hace dos horas, y no teníamos idea que por mal tiempo (o falta de responsabilidad de un capitán que hacían el cruce), tendrían que pasar cuatro días para poder cruzar. Candelario Mancilla es un “pueblo” que no les va a aparecer en ningún mapa como atractivo turístico, y quedando al sur del ultimo pueblo de la carretera austral, no hay mucha gente que averigüe mucho qué hay más allá del embarcadero de Villa O´Higgins al sur, pero para nosotros y muchos de los que quedaron con nosotros quedó definitivamente como uno de los puntos altos del mochileo.

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El poblado consistía en un paso fronterizo, una estación de carabineros, la familia Mancilla, y dejamos de contar. Sin embargo, está ubicada a las orillas de este lago de colores que ya llegan a ser salidos de algún sueño raro. Al llegar nos familiarizamos con los Mancilla, nietos de Candelario, el primer poblador en llegar allí. Fuimos los primeros en llegar de todos los que se acumularían, y los únicos chilenos, por lo que nos convertimos en favoritos absolutos. Cada uno por separado nos regalaba algo con la condición de que no los vieran los otros familiares. Así fue como nos ganamos bencina para partir el fuego por parte de don Tito; pan y huevos por el lado de la señora Carmen; unos vinos de parte del cuñado de Tito; y un asado de parte de todos cuando nos fuimos al cuarto día, ya que vieron que se nos acababa la comida. La moneda de cambio fue uno que otro trabajo doméstico de la zona (probablemente mal hecho). Los días en Candelario eran largos, descansados, leídos y escritos, dieron el tiempo que yo creo que cada uno necesitaba para pensar y estar un rato más solos. Pero inevitablemente mientras iban pasando los días, a mi más que a nadie, se me iba acabando la paciencia, nada pasaba, no venía el barco y ya ni frutillas podíamos sacar de las plantas del suelo porque nos las habíamos comido todas. Lo peor era no saber si iba a venir o no, y mi impaciencia chocaba con la calma de Matías y Pablo que solo disfrutaban del buen descanso y que si llegaba o no, no les importaba porque, mejor lugar para estar atrapado no podía haber. Tenían razón, se me pasaba un rato pero cuando el barco no venía de nuevo me bajaba la rabia por el capitán que no se movía por toda la gente que se iba juntando que le iban a tener que pagar igual (40 lucas, por lejos el transporte más caro y que nadie tenía presupuestado).

mancillaA la tercera noche llegó, enfrentándose a la turba de mochileros y bicicleteros que se quedaban sin comida, perdían sus pasajes, se quedaban sin plata para pagar alojamiento o simplemente no alcanzaban a hacer su viaje con todos esos días perdidos. El capitán solo llevó a los que habían pagado el pasaje por adelantado, dejándonos, una vez más en el muelle viendo cómo se alejaba. Entenderán mi angustia, empecé a insultar al capitán mientras se alejaba el barco, contrastando con la calma de Matías y Pablo. La señora Carmen vio la cara de frustración y le ofreció alojamiento gratis a todos los que se quedaron. Para agradecerle le compramos una cervezas cristal, la más cara que pienso comprar en mi vida (1500 la lata). Admito que la lección de Mancilla fue por aprendizaje forzoso. Subí de nuevo al tallercito donde tirábamos los sacos de dormir con mi cara de taimado y de a poco empecé a ver lo que se venía, con los amigos que nos hicimos allá que también habían dejado: Anna y Luka, la pareja croata, y Janis el alemán que sonreía aun cuando el barco nos dejaba de nuevo. Nos compramos unas (muy caras) cervezas, y nos sentamos en una banca. Miraba la luna llena y las estrellas que brillaban, estaba en la mitad de la Patagonia, con gente con los que nos comunicábamos en un idioma diferente cada vez que hablábamos, disfrutando de una vista tremenda. Conversando y riéndonos de la ironía de lo que nos estaba pasando.

Esa noche, mientras los demás se metían en su saco, llegue a escribir la Lección de Mancilla. Todo salía mal, pero hasta la Cristal estaba rica. A veces la vida nos va a dejar en el muelle, pero siempre se puede disfrutar de una buena cerveza con amigos, sean de donde sean, hablen el idioma que hablen, si la cosa anda mal busca lo suficiente hasta encontrar lo bueno, porque algo bueno se podrá sacar de ahí. Esa fue la mejor noche del viaje.

Al otro día llegamos cruzar para volver a la “civilización” que nos venía haciendo falta, y por mucho que cueste admitirlo, a la señal. Siguiendo el rumbo hacia el norte por la carretera austral, en Villa O´Higgins pasamos dos noches para ir al glaciar Mosco. Vimos cómo entre tanto bosque si uno se mete a la cordillera se encuentra con un cambio de paisaje a algo mas cordillerano central, de todas maneras un paseo recomendable. Si tienen tiempo, lleven saco y alojen en el refugio que hay a mitad de camino, con fogón y unos camarotes tiene para dar una buena experiencia de estar lejos del mundo. Luego seguimos a Tortel, el cual definitivamente quedó como el pueblo más místico. Sin calles ni autos, rompe cualquier esquema de como un pueblo “tiene” que ser y le da un nuevo significado a lo que uno creía. De cuento el lugar, mucha lluvia y algún vino cartoné. Estando ahí, la caminata a los miradores donde se ve el pueblo desde arriba es algo que hay que hacer. Ver la desembocadura del Baker y donde está metido el pueblo fue bueno para entender lo lejos que realmente uno está y entender también a la gente que vive ahí, inmersa en un pueblo que no se condice con ningún formato que se vea en cualquier otro pueblo que haya visto. Lamentablemente el pueblo pareciera que se ha dejado estar mucho, muchas casas se ven como si estuviesen abandonadas, no había movimiento de gente fuero de los pocos turistas que se aparecían de repente y de hecho nuestro lugar de alojamiento fue una construcción del estado que nunca se termino, y paso de ser un futuro centro cultural que iba a estar listo el 2014 a ser un refugio de mochileros pasados a viaje. Dan ganas de encontrar la manera de echarlo a andar de nuevo, pero como en todo el resto del sur, la gente siempre un 7.

Paseos como el glaciar exploradores y capillas de mármol nos esperaban hacia el norte, por lo que proseguimos a Puerto Río Tranquilo. El camino estuvo tremendo, con vistas que no me dejaron dormir en todo el tramo por miedo de perderme algún pedazo de paisaje, por tan cansados que viniéramos. La llegada después de un largo viaje no fue tan buena como la comodidad de ir sentado con 4 ruedas haciendo la pega. Sin tener donde echar la carpa, ya no me daba la plata para andar pagando camping. Por suerte, después de un rato de búsqueda la gente nos volvió a sorprender, y un caballero nos dejó tirarnos en el cerro de al lado, con cerveza y una buena conversación incluída. Lamentablemente el tiempo no fue tan amigable como el nuevo amigo y el viento nos sacudió la carpa con una rabia que no dejaba ni pensar. Entre éste, la lluvia y un saco de dormir que parecía sábana se pintó la peor noche del mes. Al otro día mis compañeros de viaje fueron a las capillas de mármol, y yo me quedé ya que ya las conocía, y así como iban las finanzas no me iba a dar el lujo de repetir plato. Aproveché de ir a la clásica Copec, que siempre me recibe muy bien, para cargar celulares y comer algo mientras los demás paseaban.
Al volver los otros, una vez más fuimos a parar el dedo en la mítica ruta 7. Como suele pasar cuando uno anda buscando viajar gratis, nos fue más o menos y terminamos llegando a Cerro Castillo de noche. Matías, el primero en llegar, había medio asumido que Pablo y yo no alcanzaríamos a llegar ese día y estaba instalándose en la plaza con su saco de dormir semi fondeado en una oficina turística. Rápidamente decidimos empezar al tiro a caminar para alivianar el peso del trekking del otro día. Dormimos entre quilas a medio camino de la nada, pero con un tremendo manto de estrellas, que si bien tentaban bastante, no pudieron contra el agote del día pesado (especialmente para Pablo, que se fue en la parte de atrás de un camión cerrado sin luz y lleno de polvo, perdiéndose de pasada la vista).

sur1-4Cerro Castillo ganó premio al mejor trekking que hicimos. Da la chance de hacerlo con harta calma y disfrutar a fondo, darse el rato de estar ahí y recorrer los senderos que la mayoría de la gente no conoce para estar mas tranquilo. Pasamos 4 días metidos en la reserva, conociendo gente nueva y reencontrándonos con caras conocidas de nuestros tiempos en Candelario. La mezcla de paisajes y la cantidad de glaciares nos dieron los mejores lugares de alojada y las mejores caminatas, y buenas conversas. El único inconveniente fue la comida, al día 2 descubrimos un error de cálculo que no nos permitiría estar el tiempo que queríamos. Tuvimos que picarla y salir en un día, lo que las otras personas hacían en 2 o 3 días. Ése día salimos tarde y partimos hacia Coyhaique ya oscuro, donde mi viejo se la jugó con un convite a comer algo contundente (amarrado a la condición de mandarle una foto nuestra en plena degustación). Esa noche ya no podíamos comer más y a la una de la mañana fuimos a vagar y ver donde podíamos dormir. Nuestros pasos nos alejaron de la ciudad nos llevaron a un bosquecito. No nos dio ni para armar la carpa y nos tiramos así nomas con el saco: Sorpresivamente, fue una de mis mejores noches.

Tan al norte, ya tocaba comenzar las despedidas, y acompañamos a Pablo al terminal de buses. Él estaba convencido de que saldría más barato, y Mati y yo teníamos pasaje en avión para 3 días mas desde Balmaceda. A fin de cuentas, Pablo llegó a Santiago el mismo día que nosotros, y nunca desclasificó cuánto le salió finalmente, eso si, tiene mérito de que de los 3 el fue el único que recorrió la carretera austral completa. Con Mati teníamos 3 días para hacer tiempo y decidimos aprovecharlos para descansar y andar con calma. Recordamos por ahí uno de los que nos llevaron a dedo comentó que en Puerto Ingeniero Ibañez habrían unas jinetadas y nos anotamos al tiro. Paramos el dedo y llegamos a las correteadas y amansadas de los caballos, tremendo evento, puro huaso y gaucho. Entre chilenos, argentinos y uruguayos mantuvieron el evento al 100 todo el día, entre payas y caídas los vinos corrían casi tanto como los jinetes. Después de un par de horas metidos ahí fuimos a tirar la carpa donde estaría el par de días que nos quedaban y pese a condiciones desfavorables encontramos un lugar idílico: a la orilla del lago General Carrera, cubierto con unos árboles y a pasos de un embarcadero de donde sacar agua. Esos días salíamos a caminar a la deriva, y la gente una vez más acogedora como siempre, cada ida a comprar algo significaba que nos quedábamos conversando un rato y de repente salíamos con algún regalo. La hora de partir se coló sin permiso y largamos a Balmaceda para pescar el avión, cansadísimos pero renovados.

Ya no quedaba mas dedo que hacer, ya habíamos caminado todo, ya veníamos con lo vivido y lo tomado con nosotros, ya habíamos armado y desarmado la carpa por última vez. Las conversaciones pasaron de ser lo que haríamos en el mes, a lo que habíamos hecho en el mes, para luego ser sobre lo que vendría a futuro. Se viene un año duro, pero con las pilas a mil, y listo para enfrentarlo con un poco más de experiencia, un poco mas de sabiduría, y un repertorio de glaciares, montañas, valles , ríos y fiordos que espero que se mantengan así por muchos años mas.

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Rafael Guzman Monge

Rafael Guzman

Estudiante de ingeniería comercial, obsesionado incondicional del sur y entusiasta de los deportes outdoor
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