Mi bautizo de Randonée y la conquista del volcán Mocho en la Reserva Huilo Huilo

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A pocos días del próximo Encuentro Pieles —grupo de mujeres dedicadas a los deportes de montaña—, con sede en la Reserva Biológica Huilo Huilo, decidí darme una vuelta por el Volcán Mocho-Choshuenco, en pleno invierno. Esta fue mi aventura.

Aproximación

Hace un tiempo indeterminado, el Mocho-Choshuenco era un solo macizo que, tras una erupción violenta, quedó con dos cimas. El cono más alto, el Mocho (“despuntado, chato”), cuenta con 2.422 msnm, apenas 7 metros más que su vecino. Para llegar a él se puede acceder fácilmente por el camino para autos 4×4 que abrió el parque privado Reserva Biológica Huilo Huilo, a unos pocos kilómetros del pueblo de Neltume.
La semana había estado gris y húmeda, pero el día 16 de agosto amaneció despejado. Me levanté temprano, ingerí un desayuno contundente y cogí mis implementos de montaña. Ya había dejado la mochila armada la noche anterior, por lo que rápidamente me subí al auto junto a mi familia y partimos rumbo al Portal de Huilo Huilo, es decir, el acceso al área sur de la Reserva y, más concretamente, al Snowpark, en la base del volcán. El corazón me palpitaba con fuerza — si el destino así lo quería, podría intentar mi primer ascenso invernal a un hito geográfico importante.Mocho-Choshuenco-4-2
Mi marido y mis niños me acompañaron hasta las faldas del volcán. Se quedaron jugando en la nieve, junto al refugio, los trineos y los obstáculos del parque, mientras yo me juntaba con quien sería mi guía: Michi, un muchacho austríaco que llevaba ya su segunda temporada trabajando en el centro de Huilo Huilo. Dado que yo hablo alemán, fue muy grato poder conversar con él sin tener que recurrir al inglés.
¿Subimos en raquetas o en modalidad randonée?— me preguntó en su idioma.
—Si quieren, la motoniveladora los puede adelantar un buen trecho— aportó otra persona del centro de esquí. Pero yo dudé. Nunca había utilizado la técnica del esquí de travesía; tan sólo tenía experiencia en pista, con canchas aplanadas y delimitadas de antemano. Sin embargo, la curiosidad por incursionar en una nueva opción de traslado (que combina las especialidades de montañismo y esquí, mucho más eficiente y entretenido que las raquetas) me tentó. Miré a mi marido en silencio y él me apoyó sin titubeos:
—Hazlo.
Eso era todo lo que necesitaba.
—Vamos con esquís de randonée— dije entonces de golpe. —Y desde abajo, sin trampa— agregué.
—¿Estás segura?— intervino la otra persona del parque. —La máquina te puede ahorrar unas tres horas de esfuerzos. Aquí casi todos usan la máquina motoniveladora, que los deja a una altura de unos 1.800 msnm, aproximadamente, que es donde empieza el glaciar. Así, muchos tienen tiempo de ir también a la otra cumbre, el Choshuenco… y se cansan mucho menos.
—Si es que las condiciones se dan y el volcán me lo permite, me quiero ganar esa cumbre, aunque sea sólo la del Mocho, desde abajo, sin trampa— repetí.
Michi sonrió:
—Ok, me parece bien que quieras intentarlo desde acá, sin aventones. ¡Vamos!IMG_2589-2

El Trayecto

El centro de nieve cuenta con un ski rental, por lo que pude equiparme allí mismo. Me despedí de mis chicos —que ya se encontraban armando un iglú— y entonces partimos, Michi y yo, rumbo a la cumbre. En vez de dirigirnos en línea recta, el austríaco me sugirió dar un rodeo y deslizarnos por una quebrada nevada repleta de lengas (nothofagus pumilio). Pronto me familiaricé con las pieles adosadas a los esquís y las fijaciones movibles. Aceleramos el paso.
—Tuvimos suerte con esta ventana de buen tiempo— me comentó el guía. —El clima ha estado malo y hoy en la noche va a nevar otra vez. Tenemos unas horas para hacer esto. Ya mañana va a estar cerrado.
Con esas palabras me sentí como en los Himalaya, como si fuera parte de una larga expedición, en medio de la ansiedad y la expectación, aguardando la ocasión propicia para arremeter. El volcán Mocho era, pues, mi aventura proporcional, a mi escala. Éste era nuestro minuto, nuestro respiro en medio de la temporada de diluvios. Y había que aprovecharlo.Mocho-Choshuenco-1-2

El Refugio

La nieve reflejaba los destellos del sol. A lo lejos, el cráter del Mocho nos aguardaba con paciencia. Yo cargaba una mochila grande con comida y agua, ropa abrigada y guantes, polainas, una linterna frontal, crampones, un casco, un piolet, un botiquín de primeros auxilios, una cortapluma, una brújula y el reciente mapa que editó Andeshandbook sobre la Reserva Nacional Mocho-Choshuenco. Además, pegado al cuerpo, llevaba un ARVA (dispositivo que avisa la posición en caso de sufrir un imprevisto). Con la agitación me dio calor y de vez en cuando tomaba una pausa para respirar y sacar fotos.
De pronto oímos un ruido a nuestras espaldas: era el motor del vehículo que con sus ruedas de oruga venía siguiendo nuestras huellas. Me corrí de un salto hacia el costado y, para mi sorpresa, escuché un potente “¡mamá!” desde la cabina del chofer. En efecto, mis niños —de 5 y 2 años— estaban sentados entre el conductor y su padre.
—¿No se quieren subir?— nos preguntó entonces el personal de Huilo Huilo, indicando un espacio en la parte trasera. —Llegarían mucho antes.
Me estaban seduciendo, una vez más. Miré a Michi y Michi me miró devuelta. Pero el honor pudo más.
—No, gracias. Seguiremos a pie, por nuestros propios medios.
El conductor pisó entonces el acelerador, le lancé un beso a mi familia y la máquina avanzó hasta perderse detrás de una cornisa, continuando su paseo.
Unos 40 minutos después llegamos a un refugio destruido por los fuertes vientos. Michi sugirió que hiciéramos una pausa. Ingresamos a la construcción y pude darle un mordisco a mi sandwich. Mientras cogía con una mano un puñado de frutos secos, el guía apuntó con la otra al cielo azul que se asomaba entre las planchas rotas del techo.
—Tendremos que repararlo en verano— suspiró.IMG_2591-2Villarrica-2

El Plateu

Poco después retomamos la marcha. Confiando en las pieles, manteniendo la posición a pesar de la pendiente, enfrentamos la subida de unos 30-40° que conduce a una zona plana, el plateau. Rápidamente comencé a jadear. Por consejo de Michi ascendimos en zig-zag.
Ya estamos sobre el glaciar— me dijo entonces. —No conviene que vayamos tan cerca. Me separaré un poco de ti. Sólo sígueme.
Con su notable estado físico no le costó nada distanciarse unos 20-30 metros de mí. En ese minuto, en mi relativa soledad, comencé a hacerme preguntas. ¿Qué tan seguro es esquiar sobre un glaciar, aun cuando la nieve cubra sus grietas? ¿Cuándo habrá corrido la última avalancha por aquí? ¿Por cuánto rato más seguirán favorables estas condiciones climáticas? La mente me daba vueltas al tiempo que una nube envolvía la cumbre y un viento de unos 40 km/h empezaba a azotar mi cuerpo.
La inclinación aumentó varios grados más. Ajusté las fijaciones y quise detenerme a sacar una foto. Me saqué el guante grueso y con el liner traté de atinar al botón del celular, pero al instante se me congeló la mano y sólo logré ponerme devuelta el guante grueso con movimientos lentos y torpes. A partir de entonces, capturar el paisaje se convirtió en un suplicio y por eso minimicé los intentos. La temperatura había descendido a unos -10°C, por lo menos. A lo lejos, a nuestras espaldas, el Volcán Villarrica (2.847 msnm) se veía tapado por una nube y el imponente Lanín (3.776 msnm) se hallaba sacudido por una borrasca tremenda.IMG_2668-2En-el-plateau-2
Continuamos avanzando entre floraciones rocosas y bumps, con nieve a ratos muy dura, a ratos del todo polvorienta. De vez en cuando se veía hielo —de un color azul intenso— y, bien distante, una grieta, con la que no quise entrometerme.
Entonces los esquís se me hicieron pesados. Una ráfaga de viento casi me botó. Michi me hacía señas y me gritaba algo, pero los aullidos del aire no me permitían oírlo. Él se me acercó y resolvimos entonces que yo continuara un trecho sin esquís, dado que me estaba resbalando constantemente porque las pieles, pegoteadas con nieve, no estaban cumpliendo su función. Me saqué las tablas y me hundí hasta las rodillas. Las polainas de Gore-Tex fueron de gran ayuda en estas condiciones.
Luego, con el rostro cubierto para que los cristales no picaran mi piel, alcanzamos por fin el plateau, donde el viento ruge con menos fuerza.

La altura somital

Apenas era posible distinguir el cono glacial del Mocho, dado que el fondo también era blanco: las nubes se estaban apoderando del volcán. El Lago Panguipulli, que brillaba allá abajo, también comenzaba a teñirse de gris.
Una vez que alcanzamos los 2.144 msnm, Michi explicó:
—Hay dos opciones: o vamos derecho, por el camino corto pero difícil, o por el costado derecho (hacia el norte), que es más fácil, pero más largo.
—Se nos acaba el tiempo— comenté con apremio.
—Ok, el camino corto y difícil entonces. Seguiremos sin esquís, porque acá la inclinación alcanza los 50°-70°.
—¿Crampones y piolet?— pregunté, como preparándome para lo peor.
—Podemos lograrlo sin crampones. Por esta vía no veo hielo— concluyó el experto.
Enrollamos las pieles, dejamos nuestro equipo amontonado y entonces, con piolet en mano, partimos hacia arriba, clavando la punta de las botas plásticas en la nieve, armando peldaños de a poco. Los últimos 50 metros fueron agotadores. Con cada bocanada inspiraba montones de nieve en suspensión, cuyo frío inflamaba mis bronquios. El viento me golpeaba y desestabilizaba a cada rato. En ese minuto, pensé en desertar. Sí, tuve ganas de ponerle fin a todo eso, ganas de bajar y volver cuanto antes a la comodidad del hotel. Pero si hubiese desistido por una tal flaqueza de ánimo, no me lo habría perdonado nunca.
—¡Falta poco!— me gritó entonces Michi en medio del ventarrón. Había llegado arriba, había superado el último espolón. Permanecía ahora inmóvil, al borde del cráter, junto a un cúmulo de hielo azul. Sus pisadas orientaron mi andar. Cogí fuerzas de flaquezas y, con los muslos ardiendo, llegué arriba. Chocamos palmas y nos sonreímos mutuamente.
—Poca gente hace esto— señaló. —Pocos parten desde abajo, sin la ayuda de la máquina. Son unos 1.200 metros de desnivel. Bien hecho.Foto-de-cumbre!-2 A pesar de que mi ritmo había sido bastante lento, me sentí muy contenta con sus palabras. Pero creo que éste fue el disfrute de cumbre más breve que he tenido en mi vida. La nube nos estaba envolviendo, el viento ululaba desbocado y me bajó el temor. O bajábamos ya o corríamos el riesgo de perder el camino.
—Usaremos los piolets, con la técnica de la autodetención— señaló Michi. —Es lo más rápido.
Nos recostamos sobre la nieve con una pierna estirada y la otra recogida, clavamos la picota y nos soltamos controlando el deslizamiento. En un momento alcancé mucha velocidad y sentí cómo se agarrotaban todos mis músculos, aferrándome al piolet como si pendiese de él en el vacío. La nieve salpicaba como agua a mi alrededor. Me puse nerviosa y clavé con aún más fuerza el trozo de metal en la nieve, pero seguía cayendo, sin parar. Utilicé también mis talones para frenar, aprovechando que no tenía crampones puestos y, con los brazos ardiendo y tiritando, me detuve por fin, con la respiración a todo dar.
—¡Ahora se pone más plano!— exclamó Michi y aprovechó de sacarme una foto.Autodetencion-con-piolet-2

Esquí por nieve virgen

Llegamos a nuestras cosas, algo cubiertas por la nieve que habían arrastrado las ráfagas de viento. Guardamos nuestros piolets y nos calzamos los esquís para descender cuanto antes. Ya no se veía prácticamente nada; todo era blanco-lechoso a nuestro alrededor. Agradecí tener un guía junto a mí, cuya silueta oscura era lo único que lograba distinguir en ese entorno hostil.
La parte de los bumps congelados se volvió difícil para mí y me caí cuatro veces, con los bastones volando por los aires. En cada ocasión me paré con dificultad y partí de nuevo hacia abajo. Michi me ayudó con mi mochila, porque me desbalanceaba mucho en cada curva. ¡Y es que nunca había esquiado fuera de pista y menos por las faldas glaciales de un volcán!
De pronto, salimos de la nube y pude divisar, a lo lejos, otros cordones montañosos y sus bosques de lengas, ñirres y coigües. Entonces fui feliz y me dejé guiar por la gravedad, disfrutando la bajada.
Michi, un eximio esquiador, me condujo por unas laderas vírgenes: nuestras huellas eran las únicas. Fue simplemente hermoso y sobrecogedor. No paré de sonreír para mí misma durante todo el trayecto.
Pasamos junto a algunos obstáculos —cornisas, una cueva formada por montones de nieve, troncos y rocas— y entonces oí, de pronto, una voz conocida:
—¡Ahí están!
Era mi marido. Impaciente, se había adelantado para recibirnos. Nos abrazamos, emocionados. El Mocho, ya oculto por completo ante nuestra mirada, nos había brindado todo un espectáculo. Sin duda, ésta había sido una excursión intensa y desafiante para mí, una que retendré para siempre en mi memoria, en tanto que mi primera cumbre invernal, en medio de una fugaz ventana de buen tiempo, y con el mejor equipo humano que pude haber tenido para esta ocasión.Content-banner-INVIERNOIMG_2586-2

Francisca Hernández

Francisca Hernández

Cursando la fase final del programa de Doctorado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Casada y madre de 2 hijos pequeños. Deportista desde muy joven, se ha dedicado en los últimos años al running, trail, trekking y montañismo, aventuras que disfruta con sus amigos y su familia.
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