Más allá del paraíso en Parque Lencois Maranhenses

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Si realmente existe un paraíso, entonces tiene que ser algo parecido a esto. A pesar de ser declarado parque nacional declarado en 1981, no es uno de los destinos más conocidos y visitados de Brasil. Nada tiene que envidiarles a las hermosas playas de Buzios, la maravillosa ciudad de Río de Janeiro o el ambiente fiestero de Salvador de Bahía. El Parque Nacional de los Lencois Maranhenses es un destino sin igual, mágico, impactante, único, hermoso, surreal y hasta a veces psicodélico, son solo algunos de los calificativos al contemplar los paisajes de este parque.

Ubicado en la región noreste del país, en el estado de Maranhao. El parque – que se extiende a lo largo de una superficie de 155 mil hectáreas, y que bordea 70 km de costa- es la combinación de ecosistemas de dunas, lagunas y manglares. Todo esto se forma dado a un viento fuerte y constante a lo largo de todo el año, y a una época de lluvia que se extiende desde el mes de enero a julio que permite contribuir a la formación de las lagunas de agua dulce.

Es ahí donde estuve caminando, – a pie descalzo, ya que la arena del parque tiene esa particular singularidad de no quemarte al caminar que la diferencia de los demás desiertos del mundo- durante 3 días, anonadado por la belleza del paisaje. Donde, por un lado, un centenar de lagunas de aguas turquesas se posan sobre un sinfín de dunas de arena blanca y fina y, por otro lado, un cielo claro y limpio es el escenario del juego de nubes y el imponente sol, los cuales dan vida a colosos amaneceres siderales e infinitos atardeceres.

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Para llegar a este parque, se puede hacer de muchas maneras. Una de ellas es través de la ciudad de Barreirinhas, tomando un tour guiado durante toda una tarde en un jeep 4×4. La segunda es realizar un vuelo panorámico, sobrevolando el parque, -una visión totalmente diferente del paisaje, además de un presupuesto bastante más elevado que las demás-. Y la última opción -la que recomiendo-, es caminando con un guía desde el pequeño y rústico pueblo de Atins. Un pequeño pueblo de pescadores artesanales sin calles pavimentadas y escasa conexión a internet, dónde se lleva a cabo la desembocadura del Río Preguicas en el Mar Atlántico.

Fueron días de introspección, de calma, de reflexión y por sobre todo de templanza y admiración por los paisajes, por la naturaleza, por la inmensidad de la distancia, y la ausencia del tiempo y del ruido. Un silencio único, abrumador y envolvente que invita a seguir caminando, a seguir pensando y a seguir maravillándose con el simple hecho de estar ahí en ese momento.

Lo recomendable es caminar en horas de menor calor, es decir entre la madrugada y el mediodía para luego retomar la marcha desde el atardecer hasta el anochecer total, dónde las dunas toman un aire lunar sumado a un cielo estrellado que dan vida a un escenario completamente diferente. Para combatir el calor, la solución es simple, deleitarse de un refrescante baño en las lagunas de aguas turquesas que saludan a medida que nos insertamos en el parque y nos alejamos del mar. Para luego continuar caminando hasta que el sol se ponga en el horizonte, y ser testigo de uno de los momentos más esperados del paseo -sin duda, uno de los espectáculos naturales más impresionantes que me ha tocado vivir-.

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En el interior del parque existen dos oasis donde se pueden encontrar esteros de densa vegetación, Queimada dos Britos y Baixa Grande. En este último, vive hace 27 años la señora Regina junto a su marido, quienes tomaron la decisión de dejar la ciudad más próxima del parque para adentrarse en uno de los lugares más inhóspitos y aislados de la costa noreste del país. Cultivando sus propios productos, criando cabras y gallinas y recibiendo a los viajeros más aventureros de todas partes del mundo. Nunca ha viajado fuera de la región, menos del país, pero sin embargo no le llama la atención, no tiene necesidad de salir -me cuenta mientras un agradable olor a caldo invade la modesta casa construida con ramas de árbol seco- ya que todos los días los paisajes van cambiando según la intensidad del sol y la cantidad de nubes en el cielo, lo que, hasta el día de hoy, la sigue sorprendiendo.

Para terminar el paseo, se debe optar por visitar la Lagoa Azul o Lagoa Bonita -las más famosas por su belleza y tamaño- las cuales si se tiene suerte se pueden ver aves migratorias y tortugas marinas.
Un lugar paradisiaco, maravilla natural de Brasil y -por qué no- del mundo.

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Francisco Torres

Francisco Torres

Tengo 28 años, soy ingeniero comercial de profesión, fotógrafo de oficio y siempre he sido un apasionado por lo viajes. Trabajé durante años en el área de Marketing de una gran empresa para luego renunciar y poder cumplir un gran sueño de viajar alrededor del mundo y retratar con mi cámara la belleza de los lugares y personas que voy conociendo. Es por eso que salí de Chile hace un tiempo en búsqueda de historias y paisajes maravillosos. Instagram @franciscotorressoza
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